Esta frase no es la adecuada, me detengo a pensar en una mejor, pero nunca llega, y cuando llega no es lo suficientemente buena. Una vez superada esta fase vienen las dudas sobre la puntuación, ¿estaré abusando de las comas? ¿Mis párrafos de tres líneas antes de usar un punto serán muy evidentes? ¿Es esa estructura auténtica o sólo una simple fórmula de hacer lo correcto, lo seguro?
Y las ideas que dieron inicio a este afán de registrar y plasmar se esfuman. Sí, registrar y plasmar son sinónimos, pero qué más da, hoy no pienso castrarme tanto. Aunque no sé si la palabra castrar esté bien utilizada.
Acabo de releer todo el párrafo anterior, y claro, encontré varias fallas que estuve a punto de corregir; pero hoy no…
Pues bien, estaba en la cuestión de castración antes de interrumpir esta divagación con otra. Al decir castrar supongo que me refiero a una amputación del placer, lo cual sería el hecho literal, por lo que a nivel simbólico escribir es la fuente de placer, la cual mutilo con mi exceso de crítica y afán de perfección.
¿Por qué ser perfecta? ¿Por qué ese afán? Al final mis caminos desembocan en ello, la sombra paterna. La búsqueda de aprobación a través de hacer lo correcto, o mejor dicho, lo esperado y deseado por alguien más. En donde yo claramente quedo anulada, así como toda posibilidad de ser espontánea. Incapaz de acceder placenteramente al ejercicio creativo. Bloqueo creativo. Incapacidad de crear libremente. Creo en base a lo que el otro espera o necesita, sin ese esquema me veo incapaz de crear.
En este punto dejaron de importarme los posibles errores del párrafo anterior, decidí no releerlo y centrarme en lo que escribo ahora, de hecho creo que ni siquiera estoy centrada en lo que estoy escribiendo; estoy centrada en las ideas. Las cuestiones técnicas comienzan a perder relevancia, aunque quisiera manejar con maestría la puntuación, darles el poder al punto y a la coma de orquestar el ritmo que genera la melodía de estas palabras. Y pese a este deseo brotan imágenes de sueños viejos, la voz que me dicta ha regresado, y no me tengo que esforzar como al principio.
El sueño viejo. De esos recurrentes que se olvidan y se los recuerda al momento de volverlos a soñar. Voy a una tienda, es difícil llegar como en casi todos los objetivos de mis sueños, las calles parecen iguales y me pierdo con facilidad. Cuando por fin encuentro la tienda compro cosas a placer, antojos cotidianos y en turno. Puede ser desde mucho líquido, hasta elementos blandos y placenteros.
Componentes similares, placer, dificultad, sexualidad quizá. El quizá está de más.
La extenuante búsqueda de placer, es difícil acceder, y cuando se logra se accede en abundancia, pero medida, la culpa es el indicador de que ha sido demasiado, de que no es correcto. La culpa es la arquitecta de los laberintos que dificultan el encuentro con el placer. La culpa crea los pasadizos del inconsciente que anteceden la vasta red, la complejidad del ser humano. La culpa es la guardiana de algunos mundos internos. Su misión es proteger no sólo la información sino a quien contiene esa información.
Aunque pensándolo bien, va más allá de la culpa. La culpa sólo es un recurso de muchos para llevar a cabo todo este mecanismo, puede haber muchas maneras de lograrlo, y la culpa sólo es una de ellas.
El verdadero maestro es el inconsciente.
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